jueves, 23 de marzo de 2017

V CONCURSO DE CUENTO CORTO U.N. EN LA WEB

¡150 años de historias!

Este es el espacio creado para la publicación de los cuentos del V Concurso de Cuento Corto en la Web, que organiza la Universidad Nacional de Colombia -Sede Medellín.

En este blog se plasma el talento que tiene la comunidad universitaria a través de la palabra escrita.

Se premiarán los 3 mejores cuentos en la temática libre, que serán elegidos por un jurado calificado, pero además habrá tres menciones especiales:

1. Sesquicentenario: se premiará el mejor cuento de esta temática,  según el jurado calificador. 

2.Cuentos escritos en otro idioma: se premiará el mejor cuento escrito en otra lengua, según el criterio del jurado calificado. 

3. Cuento más comentado y compartido: se premiará al cuento más comentado.  


Informes: 4309569
dcultura_med@unal.edu.co

lunes, 20 de marzo de 2017

Un Conjuro en la Montaña

Por Sebastian Uran Figueroa


Era el mes de enero, había un atípico invierno y el sol brillaba por su ausencia, sucedían cosas muy extrañas en esa parte de la cordillera. Allí había un pueblo sinónimo de belleza, reinaban los paisajes montañosos, los gélidos aires y la gente buena; por una de sus calles pasaba un meditabundo joven, su mirada se perdía en el horizonte y parecía sumido en un letargo lleno de dicha.
Resulta que aquel joven hace seis meses había conocido una dama, ella era de nobles anhelos, de una hermosa sencillez, de dejarte una huella en las pupilas y sumirse en la más sublime experiencia onírica; esta dama lo visitará con el objetivo de subir a la montaña, la que siempre mira al sol, por esta razón el joven andaba en un ensueño, donde el mundo exterior se resumía a una masa amorfa inidentificable.
Pasaron un par de días hasta que llegó la dama que provocaba su dicha, tímidamente se saludaron derrumbando toda expectativa y empezaron a subir la colina sin mayor objeción. Empezó la magia.
Subieron y subieron cruzando miradas a escondidas hasta llegar al lugar donde sus muros se rompieron. Arboles dorados adornaban aquella llanura, los colibrís danzaban y las orquídeas sus mundos enlazaban, estaban en el páramo y no se habían dado cuenta pues no se dejaban de mirar.
Bajo la protección de una roca se quieren refugiar y un bosque paramuno separaba la realidad de la fantasía, miraron hacia el cielo y sus ojos se llenaron de una bella nostalgia. No pasó mucho tiempo para que esto cambiara, el día se opacó, los trinos circundantes cesaron, la neblina arropo sus cuerpos cansados y acentuaron temores en sus corazones. Un ser antiguo de impuros sentimientos se posó en frente de ellos los miró fijamente con la intención de transformarlos en seres inertes y opacos; ambos se asustaron, él dejó su ego para aceptar su cobardía, ella rompió su muro para que en su corazón él se pudiera refugiar, él le otorgó la valentía que le quedaba y ella comprendió que no hay cosa que él por ella no haría. Se tomaron de las manos y se marcharon al único lugar donde ese oscuro vibrato no los alcanzaría. Sus labios…
El ser oscuro utilizó todo su poder antiguo como la tierra y poderoso como el fuego, pero a medida que se besaban este ente perdía fuerza, la luna surgió, la neblina había desaparecido, el ser se desvaneció sin darse cuenta de su error, pues aunque poderoso antiguo y oscuro olvido que la magia más antigua y poderosa es el amor.

Power

Cuento participante en la Categoría Idiomas

Por Carlos Mario Zapata Jaramillo

I declare we only wanted the King's crown... The King's head was a collateral damage.

domingo, 19 de marzo de 2017

El Futuro Horizonte

Por John Sebastian Pantoja Gamboa

-La imagen está es confusa y rara - dijo Emilio -, con el ojo pegado a uno de los lentes.
- Trata de enfocarlo - respondió Erik -, pero mira, mira…

Se podía ver a algo moviéndose, podía ser cualquier cosa, lo único que se sabía es que no era nada visto jamás… De pronto se movía, de un lugar a otro, lenta y cuidadosamente, el más mínimo movimiento este objeto desenfocaba la imagen.

- Veo huellas extrañas, parece un…- Erik se quedó sin palabras al mismo tiempo que Emilio aumentaba la resolución.
- Emilio mira -,  grito Erik al borde de la locura -, Hay otra de esas cosas.
Estupefactos observaban que no solo había un objeto sino dos y eran similares. La concentración en el cuarto no podía ser mayor y la agitación sobresaltaba a ambos y nada se pasaba por alto.

A los pocos segundos, como un atardecer, la imagen se fue oscureciendo, Erik y Emilio se observaron y con solo verse entendieron que la ventana de oportunidad se estaba cerrando, sin perder tiempo Erik puso la máxima resolución… Pero ya era demasiado tarde, todo se ensombreció en un negro profundo y sin vida.

Habían visto 1,3 años atrás en el tiempo, lo que observaron era el Planeta C en el sistema TRAPPIST 1, con el cual perdieron contacto porque seguramente el planeta había sido ocultado por otro planeta... Tendrían que redoblar sus esfuerzos para volver a encontrar al misterioso objeto.


FIN

Anhelo

Por Kevin Leon García Castro

Voy caminando por una acera, tal vez con dirección a mi casa. En el trayecto veo un señor de cabello blanco, al parecer con prisa, transitando la acera opuesta con la misma dirección a la mía. Luego recuerdo estar caminando junto a él. Me pregunta algo que no recuerdo y yo le respondo. Cordialmente me pide acompañarlo hasta su destino, cerca al mío. Su presencia emanaba tranquilidad. De repente, reconocí estar en un lugar cerca a mi casa y desvío mi atención hacia una esquina en donde reconozco la figura de mi padre. Me alegré al verlo y caminé directo hacia él no sin antes percatarme que el señor amable de cabello blanco ya no estaba. Mi padre me apretó la mano, como de costumbre, dibujando en su rostro la sonrisa más sincera que le conocía y que a nadie más enseñaba debido a su actitud rígida y fría. Me apretó el hombro y me hundió contra el costado de su cuerpo, cuya figura pesada y barriga prominente me permitía reconocerlo de lejos. Me llevó a caminar junto a él. Aunque me sentía cansado, nunca dudé en acompañarlo y conversarle como muchas otras veces en que solía encontrarlo en la calle, así como deambulando. A pesar de su fría expresión, inspiraba respeto y cariño entre las personas. Mi padre, que prefería hablar más con los gestos que con las palabras, desplegaba toda su oratoria conmigo, con sus anécdotas del campo, de sus añoranzas de la niñez y de sus amigos. También me hablaba de negocios, de nuestra familia y de vez en cuando hasta de ciencia. Siempre escuchaba con agrado sus historias. A veces también discutíamos, yo le refutaba sus decisiones e ideas cerradas, mientras él las defendía o simplemente callaba y seguía sonriendo disfrutando de mis reproches. Caminamos juntos toda una tarde, mientras me contaba mil cosas y yo le compartía otras cuantas, ¡y cómo lo disfrutamos! Sin embargo, siempre había visto en él una tristeza profunda de la cual nunca quise indagarle, pero yo sé que él intuía una tristeza en mi aún más aguda, y tal vez porque ambos nos reconocíamos esa tristeza mutuamente nunca hablamos de ella, ni siquiera esta vez.

Al llegar a una esquina, reconozco al señor de cabello blanco que me sonríe de nuevo, mientras poco a poco se va difuminando aquella escena…hasta que despierto.

Ahora entiendo que las letras me ayudan a inmortalizar las historias que no puedo contar en vida a quien más necesito que las escuche. Mientras tanto, en mis sueños trataré de buscar al hombre de cabello blanco que me ayude de nuevo a conversar con mi padre. 

Animales Salvajes y Domadores, Bestias y Amos

Por Kevin Yesid Quintero Bedoya

Mira a la bestia, aquella bestia salvaje, sin amo y sin dios, allí en medio del bosque, admira su belleza; Acércale, mírala con ternura en tus ojos, con el látigo en tu hombro, y la comida en tus manos; Sáciala en el comer, invítala suavemente al rectángulo de barrotes; Sácala en tu territorio, en tu control, deja que conozca su nuevo hogar; Enséñale a contenerse a sí mismo, en aquel rectángulo por las noches, o cuando lo ordenes; Enséñale trucos luego, hazlo de mala gana, ello le pasa por no dormir cuando lo ordenaste; Enséñale trucos, hazlo de mala gana, el látigo dará perfección a su técnica; Enséñale de la caricia estridente de la energía, enséñale del hambre paralizante, de la ridiculez innecesaria de la calma; Enséñale del inclinarse, del acariciar sin saber para qué, de las cadenas opacas con sangre de otros, del miedo a sí mismo y a la libertad; Muéstrale comida cuando os plazca, no cuando la necesite, dale migajas por cumplir su labor, no sea que contenga su hambre, como lo hacia afuera, cuando la presa era solo un lujo, y la necesidad una normalidad; Muéstrale que resistir es alargar el cansancio, de lo inocuo de sus tímidos intentos por escapar, muéstrale que es pertenencia, ya no un ser vivo; Muéstrale como una figura más pequeña domina seres tan grandes, muéstrale tu poder, muéstrale autoridad, muéstrale que el “era”, muéstrale que ya no “es”; Pero cuidado, no vaya ser que descuides el último paso, que recuerde de donde vino, que aun quiera volver; No vaya a ser que te desgarren suavemente sus patas delgadas de uñas cortadas, o te aprieten sin fuerza sus mandíbulas de colmillos arrancados; No sea que escape, que divida sus escasas fuerzas en el hacerte retroceder, y en su escapar; Lejos de ti, con gran lamento, puede ser visto ya, recostado en el suelo, en su bosque, con sus ojos húmedos; Humedad de llanto, de ver al cielo, y sus magnánimos rayos de sol entre la nubosidad, de tomar aire sin cigarrillos y carcajadas; O humedad de unos ojos muertos, cuando la fatiga, el hambre, el tormento y la rabia aplastaron ya la voluntad de vivir; Si, se ha ido, pero se ha ido libre, ha muerto vestido de su naturaleza, recordada con dolor, a cada paso hacia su hogar; Lo último que recordará, será la caricia, llena de amor infinito, indiscriminado, que le diera allí una gota de lluvia, que bajara por una hoja verde hasta su mejilla, antes de que su vista se perdiera por siempre entre sus troncos, sus raíces y sus hojas, su luz y su oscuridad…

Quedad Crónica

Por Santiago Betancur Zapata

Antes de irme a dormir descubrí que tenía una cavidad en el pecho, apenas más grande que un alfiler. Entré en pánico. Bordeaba el pequeño agujero con los dedos, mientras iba subiendo el volumen de mis gritos. Toda mi familia se reunió alrededor de la puerta, me miraban inquietos: —¡TENGO UN HUECO EN EL PECHO! — Inmediatamente analizaron la parte delantera de mi tórax con un rigor científico. —No tienes nada, pero, ¿te duele? ¿Puedes respirar? La preocupación no se desvaneció con la minuciosa inspección. Hubo exámenes, médicos, radiografías, y consultas. Al cabo de una semana los resultados eran contundentes: nada. Gozaba, según los médicos, de un estado de salud envidiable. Sin embargo, yo era testigo de un lento progreso en esa oquedad. Como todos los días se abría un poco más, al cabo de tres semanas ya era lo suficientemente grande como para pasar una canica de un lado a otro sin problema. Naturalmente, traté de insertar cualquier cantidad de objetos, pero no tuve éxito. Todo parecía indicar que la realidad tampoco estaba de acuerdo conmigo. Era natural pensar en mi síntoma como en una sensación de frustración, congoja, melancolía o soledad. No era nada de eso. El ahuecamiento era real. Lo probé todo, desde llevar un babero, hasta jugar a las adivinaciones con mis amigos, pidiéndoles que ubicaran objetos a la altura de la espalda mientras yo intentaba describirlos; pero no daba resultado. Por más que me esforzaba, sólo conseguía ver manchas distorsionadas, nada de color y forma; yo veía cosas, pero opacas, como si les faltara lo que las hacía ser.  Después de un tiempo el ahuecamiento era tan grande, que me resultaba cómico vestirme con camisas de Iron Man, para imaginarme una brillante batería en el lugar que ahora ocupaba ese perturbante vaciado de carne. Todos a mi alrededor sabían del asunto, había cotilleos, chistes, e incluso, hubo un cierto interés público por mi testimonio y en los canales locales me hicieron varias entrevistas. Ya podrán imaginarse mi sorpresa al recibir un correo electrónico de lo que parecía ser otro “perforado”. Tenía una “hornacina”, según describía ella su fisura, algo así como una ventana en lo que antes ocupaba el esternón. Me explicó que el proceso es irreversible, y que, como yo, había miles y miles de personas. Como la correspondencia no me dejaba satisfecho, le propuse un encuentro casual. Nos vimos en un café central. La suya era una presencia tan descomunal que no hubo necesidad de quitarle la ropa para ver la dimensión de su vacío. Estábamos en una mesa estrecha en la que apenas cabían dos bandejas con café y galletas; pero era como si tuviéramos que escribir por anticipado lo que queríamos decir para luego arrojarlo al mar, con la esperanza de que el mensaje llegara intacto al otro lado de la mesa. Un océano de tiempo se instaló entre los barcos que usualmente transportan el habla. Pasaban milenios entre palabra y palabra, pero el reloj insistía en decir que no, que eran segundos. Luego entendí que el reloj tenía la mitad de la razón, porque eran segundos, pero un segundo está hecho de sesenta milésimas, y a su vez las milésimas están hechas de partículas más pequeñas, que a su vez están hechas de otra cosa más pequeña, hasta que se acaban los nombres para cosas tan pequeñas, pero se mantiene esa separación en un horizonte infinito. En algún fallo de esa nomenclatura naufragó el barco que nos mantenía comunicados. Era como si el vacío entre uno y otro no fuese homogéneo; como si esa distorsión de las cosas que no me dejaba ganarme la vida como adivino, se duplicara, era una doble distorsión, según ella, era el redoblamiento de la irreciprosidad.  Aunque ella trató explicarme las cosas con paciencia, siento que alteró el enigma poniendo otro en su lugar. En resumen, me dijo que me despreocupara: había comenzado a crecer.